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Jesuitas: los enemigos más peligrosos de las libertades civiles y religiosas


Es mi opinión en cuanto a que si las libertades de este país, los Estados Unidos de América, llegan a desaparecer, habrá sido por la sutileza de los sacerdotes Jesuitas católico romanos, ya que son los más astutos, y peligrosos enemigos de las libertades civiles y religiosas. Ellos han instigado la mayor parte de las guerras en Europa.

―Maríe Joseph Motier

(Marqués de La Fayatte)


Quien hizo este fuerte pronunciamiento fue el general francés La Fayette, (1757-1833), el cual se destacó en la guerra de Independencia de los Estados Unidos, siendo considerado como héroe, y participó de una manera importante en la Revolución Francesa.

El marqués de La Fayette no tuvo reparos en hacer estos calificativos a los jesuitas, orden religiosa que ha sido expulsada de un sinnúmero de países debido a sus arteras maquinaciones; mismos países que tarde o temprano han sufrido la venganza terrible de estos asesinos disfrazados de humildad.

En la época de Ignacio de Loyola ―fundador de la Compañía de Jesús, también conocida como “jesuitas” o “La Sociedad”― la Reforma protestante había causado daños muy serios al poder del Vaticano. Loyola concluyó que la iglesia Católica únicamente sobreviviría si iniciaban una serie urgente de acciones tendentes a fortalecer la figura del papa y de la iglesia Católica. Alberto Rivera, un cristiano que otrora fuera un jesuita de altísimo rango y que muriera asesinado por haberse atrevido a denunciarlos, nos cuenta que Loyola, para lograr su fin, le propuso al papa Pablo III que debían no sólo destruir físicamente a las personas “como lo estaban haciendo los sacerdotes dominicos mediante la Inquisición, sino que se infiltrarían en todos los sectores de la vida. El protestantismo debía ser vencido y usado para el beneficio de los papas.”

Nos cuenta también que los jesuitas pusieron de inmediato manos a la obra “infiltrándose secretamente en todos los grupos protestantes, incluyendo sus familias, lugares de trabajo, hospitales, escuelas, universidades, etc. En la actualidad los jesuitas casi han cumplido esa misión”.

Sabiendo que los jesuitas dominan la masonería ―ya veremos de qué manera― no es extraño ver que sectas como la de los Testigos de Jehová, ampliamente difundida, fueron también infiltradas ―o tal vez creadas por ellos desde el principio― por la masonería. Rusell, el fundador de la secta, fue masón y actualmente está enterrado en un cementerio masón ubicado cerca de las oficinas de los testigos en Pensilvania. Los líderes religiosos de este grupo llaman a su organización religiosa como “La Sociedad” (acortando el nombre de Sociedad Torre del Vigía) y utilizan muchísimos simbolismos masones, además de muchos conceptos masones acerca de Jesús, sin que sus seguidores se percaten del engaño. Igual sucede con la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días, o mormones, cuyos seguidores tristemente viven en el engaño, contentos con el tipo de vida en “bendición” que llevan desde que abrazaron las doctrinas de Joseph Smith. Igual sucede con todas las iglesias cristianas con fuertes estructuras de autoridad donde los pastores enseñan a sus seguidores que “desobedecer al pastor es lo mismo que desobedecer a Cristo”, enunciado neta y convenientemente jesuita ya que su fin, como vimos, es penetrar todas las iglesias protestantes y someterlas a la autoridad papal. Los más importantes líderes religiosos “cristianos” ya han iniciado su camino hacia el ecumenismo y muy pronto el resto de pastores de otras denominaciones, que se han erigido sobre el resto de creyentes ―sobre las conciencias de ellos―, seguirán el ejemplo. De eso no hay duda.

Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, tuvo una juventud ―según algunos de sus biógrafos― tormentosa, llena de fallas y de crímenes atroces. En la época en que sirvió como soldado, fue calificado como “traicionero, violento y vengativo”. Según su secretario Polanco, Loyola “llevó una vida sin control en lo concerniente a mujeres, juegos de azar y duelos” (Robert Rouquette, S.J., “Saint Ignace de Loyola”, p. 6. Edit. Albin Michel, París). Esto fue citado por Rouquette, un jesuita que trataba de justificar el temperamento brutal y la vida disipada de Loyola.

Habiendo sido paje en la corte de Fernando el Católico, se enroló luego como soldado para defender a Pamplona de los franceses. En esta guerra una bala de cañón le quebró una pierna y, derrotado su ejército por los franceses, estos lo enviaron a su castillo natal donde se sometió a varias operaciones dolorosas ―tuvieron que romperle de nuevo la pierna para acomodarla mejor― de las que salió cojo de por vida. Fue en este espacio de tiempo que ―según él― recibió el “don de las lágrimas”, tan común en las iglesias pentecostales de hoy día. Mientras estaba convaleciente, leyó dos libros (“La vida de Cristo” y “La vida de los Santos”) que le impactaron terriblemente y que lo llevaron a experimentar sobrenaturalmente la angustia de Cristo en la cruz, igual que dice haberlo experimentado Claudia de Castellanos líder de la MCI-G12 a nivel mundial; en realidad, este martirio ha sido “revelado” a casi todos los líderes de las grandes denominaciones “cristianas” de hoy.

Después de muchos ires y venires, y de pasar un tiempo prolongado en oración, ayuno y súplica, flagelándose constantemente, Loyola experimentó varias “visiones celestiales”, en las cuales le fue concedida la “revelación” que lo llevó a fundar la Sociedad jesuita, siendo aprobados sus estatutos por el papa Pablo III. Inmediatamente organizaron el concilio de Trento que tiene como fin repudiar el protestantismo. Trento fue plenamente controlado por los jesuitas mediante Laínez y Salmerón dos miembros de la Orden escogidos por el Papa para representarlo directamente como “teólogos pontificios”. En Trento, los jesuitas cumplieron su labor a cabalidad defendiendo la autoridad suprema del Papa, la no demostración de los dogmas mediante las Escrituras; proclamaron la infalibilidad papal (instituida en el Concilio Vaticano, 300 años después). Debido a que la Reforma protestante sustentaba la libertad de conciencia y los derechos humanos fundamentales, los jesuitas condenaron estas premisas como “heréticas”, igual que los enunciados bíblicos que los protestantes sacaron a la luz, y que se referían a que para la salvación no se necesitaba la mediación de hombres “superiores espiritualmente” o “líderes religiosos”. En la cuarta sesión del Concilio de Trento, los jesuitas lograron que los jerarcas católicos condenaran la libertad de expresión y la libertad de conciencia. De allí en adelante, ningún hombre podía escoger libremente su propia manera de adoración ―que no sea la manera católica―, ni ninguno tenía derecho a publicar lo que considerara la verdad; tampoco nadie tendría de ahí en adelante derecho a la libertad de conciencia. Cualquier parecido con los regímenes totalitarios, de izquierda o de derecha, no son, de ninguna manera, coincidencia.

Desde su creación, los jesuitas han sido entrenados para sujetarse sin condiciones a la autoridad reconocida. A su vez, cuando se infiltran iglesias protestantes, ellos han enseñado esto en las denominaciones “cristianas”. Mediante esta sujeción sin condiciones los adoctrinados se convierten en instrumentos dóciles en las manos de sus líderes religiosos y poco a poco se convierten en radicales enemigos de toda clase de libertad. Loyola escribió: “Estemos convencidos de que todo es bueno y correcto cuando lo ordena un superior. (…) Incluso si Dios les diera un animal sin raciocinio como señor, no vacilarán en obedecerle como amo y guía, porque Dios ordenó que así fuera…” Nuevamente, cuando los pastores “cristianos” enseñan en sus iglesias que “quien desobedece al pastor, desobedece a Cristo”, ya sabemos de dónde procede esta inspiración espuria. Igual que para los jesuitas, ver a su superior es como ver al mismo Cristo, para los “cristianos” modernos ver a su pastor es ver al mismo Cristo.

Loyola, en su “Sententiac asceticae” dice: “Un buen pastor de almas tiene que saber cómo ignorar muchas cosas y pretender que no las entiende. Una vez que sea el amo de las voluntades, podrá guiar sabiamente a sus estudiantes hacia donde él elija”. Igual que en Asambleas de Dios, la Misión Carismática Internacional y el resto de denominaciones que manejan Encuentros Espirituales y Seminarios Bíblicos, Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, da instrucciones precisas sobre la manera de impactar la psiquis de los oyentes mediante los ritmos de respiración, las pausas, los llantos, los gritos y la música. Leer los ejercicios hace que uno se sienta como en un Seminario de Asambleas de Dios o en uno de los Encuentros del G12.

El papa Pablo III les confirió poderes especiales a los jesuitas; los absolvía de antemano de cualquier tipo de pecado, incluidos la herejía y la falsificación de la Biblia. El papa Gregorio XIII les concedió después el derecho de hacer negocios comerciales y bancarios sin necesidad de ser supervisados por ningún otro jerarca ni gobierno. Para defender estos derechos, los papas recurrieron a reyes y gobernantes mediante lo que hoy conocemos como Concordatos.

A través de los siglos, los jesuitas lograron afincarse en Alemania, Italia, Portugal, España, Suiza, Polonia, Suecia, Inglaterra y Francia, países que arruinaron y de los cuales los expulsaron; pero siempre regresaron. También, durante los siglos XIV y XV establecieron misiones en India, China y Japón, pero allí tuvieron mucha resistencia y no regresarían sino hasta siglos después.

LOS JESUITAS EN AMÉRICA

Descubierto el Nuevo Mundo, los jesuitas intuyeron acertadamente que éste era mucho más favorable para sus intereses que el continente asiático. Conocedores de que el Nuevo Mundo estaba habitado en su mayoría por bandas de cazadores-recolectores, inferiores técnica y militarmente al europeo, los jesuitas se concentraron en esta clase de pobladores americanos dejando las civilizaciones más “avanzadas”, como incas y mayas, en manos de dominicos y franciscanos.

Caso especial fue el de Paraguay, país que en época de la Colonia abarcaba un territorio extenso que incluía parte Brasil, Uruguay y Argentina. Allí los jesuitas trabajaron con los guaraníes, cazadores nómadas dóciles y amables que no ofrecieron resistencia ante la evangelización jesuita siempre y cuando fueran provistos de alimento y tabaco.

Fue con ellos que los jesuitas, en el siglo XVII, empezaron a experimentar su modelo “comunista” de organización política, una especie de colonia de Dios hecha a la medida de sus intereses. Despojándolos de su forma de vida, estos cazadores nómadas fueron obligados a vivir encerrados en estas “reducciones” (así se llamaban) cobijados y supervisados por los jesuitas que ejercían su dominio paternalista sobre los indígenas. Igual que lo establecerían muchos años después en la Rusia de Stalin, en la Cuba de Castro o en la Venezuela de Chávez, los jesuitas anularon la propiedad privada en todos los ámbitos de la vida del guaraní: “Todo lo que el cristiano posee y usa, la choza donde vive, los campos que cultiva, el ganado que provee alimento y vestimenta, las armas que lleva, las herramientas con que trabaja, aún el único cuchillo de mesa que se le da a cada pareja joven cuando establece su hogar, es ‘Tupambac’, propiedad de Dios.”

Los indígenas ni siquiera podían disponer de sus propias vidas ni la de sus hijos. No les pertenecían. Un bebé lactante estaba bajo cuidado de la madre, pero tan pronto podía caminar se colocaba bajo el poder del Superior jesuita o sus agentes. Les impedían aprender a escribir en español para que no se “contaminarán” con los blancos. A los jóvenes de 14 ó 15 años los casaban para evitar el pecado de fornicación. Además, a los guaraníes les negaban la posibilidad de ser sacerdotes o monjas; cuando iban a trabajar a los campos, debían ir cantando algún tema religioso mientras llevaban una imagen sagrada en procesión. Por las noches debían rezar el rosario y escuchar el catecismo. Los tiempos y maneras de recreación también eran controladas por los jesuitas para evitar los pecados de la carne. Para castigarlos por sus faltas, los jesuitas usaban el látigo, el ayuno, la prisión, la vergüenza pública y la penitencia en la iglesia. También era obligatorio que el castigado recibiera la humillación con gratitud. Los guaraníes de las reducciones se convirtieron en católicos devotos y místicos que veían milagros en todas partes y que disfrutaba del sufrimiento de la penitencia. Aprendió a obedecer ciegamente a los líderes jesuitas. Es decir, los jesuitas enseñaron lo que ellos mismos aprendieron en una educación que todavía dura más de catorce años al final de los cuales ya han renunciado totalmente a todo criterio personal, a toda iniciativa propia mientras se sujetan totalmente sus superiores. (H. Boehmer, “Les Jesuites”, U. De Bonn, citado por Edmond Paris).

En general, debido a la doctrina medieval de que el Pontífice tenía plena soberanía sobre los territorios ocupados por “infieles”, los papas tenían pleno y reconocido derecho para hacer traspaso de estos a manos de los monarcas católicos. Fueron los papas quienes dividieron el Nuevo Mundo repartiéndolo entre las coronas europeas. La América hispana de hoy fue otorgada en ese entonces por el papa al Rey español bajo el compromiso de predicar el “evangelio”.

Esa ideología de la dominación reconocía el poder papal sobre toda autoridad regia. Tomás de Aquino, por ejemplo, era un defensor acérrimo de la pirámide de autoridad que hoy esgrimen por igual las iglesias católica y evangélicas, y que incluía de igual manera la aceptación doctrinal de la desigualdad humana y, por tanto, de la esclavitud.

Así pues, lo que los jesuitas instalaron en Latinoamérica no fue otra cosa que su visión cosmogónica de un Estado totalmente jerarquizado dominado por el rey, sustentado en la práctica social por la existencia de una pirámide social basada en premisas religiosas que aceptaban la desigualdad social. Para los indígenas guaraníes, como ya se dijo, que no tenían contacto con el europeo conquistador, se estableció un sistema donde ellos ―los jesuitas― eran la única autoridad mientras los guaraníes eran los esclavos.

Debido al permiso “divino” que idearon los jesuitas en el Concilio de Trento para exterminar a todo aquel que no pensara lo mismo que el Vaticano, los europeos tuvieron la bendición del papa para aniquilar a todos los indios que consideraran peligrosos para su dominio, excusándose en la maldición de Trento que culpaba a los indios del pecado de idolatría, suficiente para ser condenados a muerte.

La iglesia Católica, entonces, sostuvo y propagó el oscurantismo hacia Latinoamérica tanto tiempo como fue posible. Mientras tanto, países de influencia netamente protestante y liberal, como Inglaterra, impusieron el libre mercado y las autoridades coloniales españolas no pudieron controlar el contrabando hacia sus dominios. Este comercio ilegal fue satanizado desde los púlpitos donde los sacerdotes católicos esgrimían la protección a la nacionalidad asegurando que el contrabando era un pecado que los condenaría al castigo del fuego eterno.

Los criollos ―españoles nacidos en América― siendo menospreciados en esta pirámide social ideada por los jesuitas, empezaron a anhelar la libertad y las oportunidades comerciales que veían en Norteamérica. Hombres poderosos económicamente, no veían con buenos ojos el estar socialmente por debajo de los europeos y empezaron a manifestar abiertamente su inconformidad. Los jesuitas, hábiles en advertir y aprovecharse de los cambios sociales, y siendo consejeros personales de la élite criolla, alentaron la insurrección al mismo tiempo que apoyaban al rey de España en el intento de sofocar la rebelión, a sabiendas de que en cualquier bando ganarían consiguiendo su propósito de defender la soberanía del papa.

Vencida la corona española ―y la portuguesa en Brasil― los jesuitas no estaban dispuestos a permitir que las ideas de democracia y libertad, difundidas en la Norteamérica protestante, se extendieran a sus dominios. Teniendo el control de la masonería americana que ideó la independencia, la usaron hábilmente para la intriga y los asesinatos que originaron la guerra civil en las recién “independizadas” colonias. No en vano, altos jerarcas de la iglesia católica se colocaron astutamente en ambos lados del conflicto ―el americano y el de la corona española― conociendo que de cualquier forma el papa ganaría en poder. En las actas constituyentes de la República, firmadas tanto en Tunja, Angostura y Cúcuta, siempre aparecen obispos signatarios que serían elegidos miembros del Senado y que, a la postre ―ese era su propósito―, ejercerían toda su influencia para alcanzar el Patronato (o Concordato) entre el Vaticano y las nacientes repúblicas. Bolívar y Santander, ambos masones, fueron grandes impulsadores del “concordato” durante la Gran Colombia. De esta manera, los ideales de verdadera libertad y democracia se diluyeron instantáneamente dejando vigente la misma estructura económica y social de la Colonia. La única diferencia fue el cambio de mando de los europeos a los criollos, los oligarcas nacidos en suelo americano. Todo el armazón de dominación siguió intacto: los privilegios de clase, los diezmos a la iglesia católica, los monopolios, la dominación de la oligarquía para legislar y para establecer las condiciones económicas, políticas y sociales que aseguraran su permanencia en el poder durante generaciones hegemónicas, todo eso sirvió a los propósitos del Vaticano que puedo dominar fácilmente a los nuevos dueños de las repúblicas.

Hábilmente, los jesuitas ratificaron el control de la iglesia sobre la educación republicana y sobre sus fuentes de financiamiento. Los gobiernos liberales de Mosquera y Herrán en Colombia, no consiguieron el establecimiento de un Estado seglar, debido a que durante varios siglos de paciente trabajo, la iglesia Católica se había establecido firmemente en la mente de los colombianos convirtiéndolos en personas obedientes a la jerarquía católica a la cual ―a la vez― temían profundamente por las consecuencias escatológicas de la “rebeldía” a ella.

Fieles a sus objetivos, los jesuitas habían penetrado todos los ámbitos sociales. Colocaron religiosos bajo su control en todas las juntas y organizaciones posibles de la nueva república con el fin de que nada escapara a su manejo. Incluso en las guerras de independencia, los clérigos “rebeldes” a la Corona española, usaban el fanatismo religioso como arma para impulsar a los incautos campesinos a pelear para defender los derechos de quienes se convertirían en sus nuevos amos. Hoy en día, sobre todos en Estados Unidos, son los pastores evangélicos los que azuzan a los “cristianos” para que peleen contra los herejes islámicos so excusa de defender la supremacía de los gringos. Pastores reconocidos, como Antonio Bolainez y D. Ureña, escriben acalorados discursos de tinte profético y apocalíptico donde se anima al cristiano hispano a defender a Estados Unidos ―una “nación cristiana”― de perversos seres malignos como Sadam Hussein (hermano masón de Bush, su asesino), aseguran estos pastores que el cristianismo debe ser beligerante y nacionalista, que pelear en la guerra contra el Islam es pelear al lado de Dios. Dicen que Bush es un cristiano, un hombre bueno a quien “le toca hacer a veces cosas malas para que la profecía se pueda cumplir.” Por su parte, Bush, delirante de misticismo protestante, asegura que el Señor Jesús le habla al oído y le ordena ir a bombardear Irak o Afganistán. Lo mismo asegura Hugo Chávez, otro deschavetado caudillista que es apoyado por la iglesia católica y por el concilio de iglesias evangélicas. De Castro, ni hablar.

Durante el establecimiento de la república, a Colombia llegó un diplomático estadounidense, protestante, llamado Robert McAfee. En una misiva oficial remitida a su gobierno, aseguró que a pesar de haber transcurrido 300 años en la Nueva Granada, “el pueblo carece aún de libertad de conciencia” y dijo que la influencia del clero católico se constituía en una “implacable dominación ejercida por la Iglesia sobre un pueblo que se suponía libre..” (Robert McAfee. “Despachos Diplomáticos”, 1834. citado en Mito, 1975, p. 334, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura)

A pesar de esta declaración cierta, los protestantes estadounidenses, defensores de la democracia y la libertad, también se vieron infiltrados por los jesuitas logrando que masones como George Washington imprimieran en la Constitución de ese país algunas de sus concepciones. Sin embargo, y es justo reconocerlo, los protestantes norteamericanos influyeron mayormente en esta acta que se ha constituido como modelo en todas las democracias del mundo entero.

En Estados Unidos, un país mayoritariamente “protestante” los jesuitas controlan mediante masones y judíos sionistas (fieles al papa) todo el mercado del entretenimiento, el deporte, el juego, la mafia y el licor. Hollywood está en manos de ellos. ¿O acaso no se han preguntado por qué razón en las películas gringas, siempre se hace apología al catolicismo..? En un país mayoritariamente protestante esto es muy extraño. Walt Disney, masón grado 33 fue muy usado por los jesuitas; la mayoría de los equipos de fútbol, como los Leones de Detroit, los Pittsburgh Steelers y otros, son propiedad de algunos Caballeros de Malta, orden religiosa católica de caballería creada y controlada por los jesuitas. El centro de juego de la ciudad de Las Vegas, también está controlado por ellos mediante la Comisión de la Mafia.

La Compañía de Jesús ha dividido el mundo en 83 regiones. En cada región hay un provincial Jesuita. En solamente Estados Unidos hay 10 provinciales debido a la importancia estratégica de este país. Centroamérica solamente tiene un provincial. Irlanda tiene uno. Es mediante esos provinciales que el General jesuita, el máximo jerarca de la Orden, el llamado Papa Negro, puede controlar sus dominios.

Entre tanto, en Latinoamérica el asunto no es muy diferente. Son ellos quienes controlan el tráfico de drogas ―fuente enorme de recursos financieros―, utilizando a las guerrillas en Colombia (de origen e influencia eclesiásticos), o los grupos paramilitares también conformados por creyentes fieles a Roma; comandantes paramilitares que se han entregado a la justicia hablan de altos jerarcas católicos que pertenecen al grupo de 6 personas que dirigen desde la oscuridad a toda la infraestructura paramilitar. Los vínculos de la guerrilla colombiana con el clero católico son inocultables. Los vínculos de la aristocracia colombiana con sus aparentes contradictores ―la guerrilla― también son evidentes. El oligarca Alfonso López Michelsen, relacionado con la mafia, también tuvo fuertes vínculos con la guerrilla maoísta del ELN. Incluso, siendo presidente, cuando las fuerzas militares estaban a punto de dar el golpe final para acabar con el ELN, López les ordenó a sus comandantes no perseguirla más. Y hay muchos ejemplos más de esto.

Es esta relación perversa entre iglesia católica, mafia y familias oligarcas la que ha tenido sumida en la más infame pobreza a nuestro pueblo que sigue llenando a reventar iglesias católicas y “protestantes” en búsqueda de una iluminación que jamás les llegará por esa vía.

Hoy, la Orden de los jesuitas está más activa que nunca. Predicando un “evangelio marxista”, tipo socialismo bolivariano de Chávez, está colocando al mundo al borde de una Tercera Guerra Mundial ignorando ―o tal vez no― que de un tercer conflicto sólo quedarían cenizas. Los jesuitas saben mejor que nadie que Estados Unidos está en el umbral de su poderío, que pronto dejará de ser potencia mundial, y por ello están apoyando abiertamente a Rusia a pedido de las convenientes “apariciones” de la virgen María en las cuales ella ha ordenado la conversión de los rusos. Ya colocaron un papa comunista polaco y ahora establecen concordatos con los gobiernos socialistas que han ayudado a escoger.

En el próximo artículo ―ahora sí― podemos ahondar en el papel que desempeñaron los jesuitas en las dos Guerras Mundiales, en el régimen de Stalin, en el holocausto judío, en el socialismo de Hitler, de Mussolini y de Franco.

Gracias a Dios nada de lo que estos sanguinarios personajes hagan podrá en modo alguno frenar su inevitable y próxima caída.

―RICARDO PUENTES M.

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