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Arriba el telón: se pone en escena el teatro del Papa Francisco

Lesbos y Lampedusa. Puerta santa y lavatorio de los pies. La cartera en la escalerilla del avión. He aquí cómo actualiza Francisco el teatro pedagógico de los jesuitas del siglo XVII.


ROMA, 15 de abril de 2016.― Hay que reconocerle a Francisco una extraordinaria genialidad teatral, de verdadero jesuita del siglo de oro.

Su aparición el próximo sábado 16 de abril en la isla de Lesbos, en las playas donde llegan los emigrantes del Mar Egeo, tendrá, por sí sola, un impacto formidable en la platea del mundo. El programa de la jornada es escaso, pero no habrá necesidad de explicar y teorizar nada; bastará la escena.

Como sucedió en Lampedusa al inicio de su pontificado, Jorge Mario Bergoglio está reinventando para la hodierna aldea global el teatro pedagógico de la Compañía de Jesús de los siglos XVI y XVII.

Ese sacro teatro barroco tenía sus reglas de espectacularidad y exigía mucha aplicación en los actores y en el público. Con Bergoglio es distinto. Sus representaciones son sencillísimas, capaces de conquistar rápidamente la pantalla, de llegar a todos.

La imponente liturgia católica de la Semana Santa él la concentra en un único gesto, el lavatorio de los pies que, con él, se convierte en la noticia del día, condensada en la imagen del Papa arrodillado, con barreño y delantal, lavando y besando los pies a malhechores que están en la cárcel, a prófugos que están en los campos de acogida, a católicos y no creyentes, a musulmanes e hinduistas, a prostitutas y transexuales. Lo ha hecho ya cuatro veces y cada vez con personas y en lugares distintos, convirtiendo cada representación en una novedad.

También el año jubilar tiene, con Francisco, su escena principal: la puerta santa. Las indulgencias y el purgatorio han desaparecido, un Lutero moderno ya no tiene nada contra lo que protestar. La primera puerta santa el Papa no la ha abierto en Roma, sino en la profundidad del continente negro, en la capital de la República Centroafricana, en plena guerra civil. Un escenario elegido para demostrar qué es esa misericordia de Dios que lava todos los pecados del mundo. La puerta santa de San Pedro Francisco la ha abierto después de ésta, seguida por la de la casa de los pobres, cerca de la estación de trenes de Roma.

Además, un viernes al mes el Papa se presenta por sorpresa en un centro para ancianos abandonados o de recuperación de toxicodependientes, lugares que son estudiados y elegidos con cuidado cada vez.

Estos son los gestos de Francisco que dan la vuelta al mundo, que son virales. En el aeropuerto de Fiumicino, cuando salía hacia Cuba el pasado mes de septiembre, quiso que la familia siria que ha acogido en una casa del Vaticano, no lejos de los muros, fuera a despedirle. Después hizo que le entregaran su vieja cartera y con ella en la mano subió la escalerilla del avión, como hace siempre. Para que todos sepan que no tiene recaderos, que hace y decide por sí mismo. De hecho, ni una sola vez aparecen ninguno de sus dos secretarios personales.

La teatralidad de Francisco incluye también la capacidad de ocultar lo que puede dañar su imagen. El pasado 21 de marzo, lunes de Semana Santa, recibió en el Vaticano a Nicolas Sarkozy y a Carla Bruni. Y, milagrosamente, consiguió que no se filtrara la noticia.

Con los jefes de estado y de gobierno, en las fotos oficiales, está muy atento a graduar las sonrisas, asignando a cada uno la puntuación que merece.

Expresión seria con François Hollande, recibido poco después de que se legalizara en Francia el matrimonio para lesbianas y homosexuales.

Expresión severa con el nuevo presidente argentino Mauricio Macri, laico y liberal, cuya victoria ha sido para Bergoglio una derrota lacerante.

En Argentina todos lo recuerdan como un tipo reservado, con el rostro siempre serio. Pero desde que es Papa, en contacto directo con la multitud, es lo opuesto. Es una explosión de jovialidad, tan bien representada que parece espontánea.

También le gusta improvisar con palabras y no dejan de florecer las anécdotas y las ocurrencias, que saca de un repertorio que no es notable, pero que está bien surtido. Le gusta interactuar con el público. Dice una frase y hace que la multitud la repita en coro una, dos, tres veces seguidas, para que las personas la graben en su mente.

Apenas elegido Papa sustituyó su escenario cotidiano, que pasó de ser el Palacio Apostólico, tan adecuado para los clásicos del teatro, a la Casa Santa Marta, perfecta para su comedia de fantasía.

 

—SANDRO MAGISTER

Roma, 15 de abril de 2016

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